viernes, 5 de abril de 2013

La casa no siempre fue naranja. Una vez un azul clarito, como azul de bebé, la partía por la mitad. Yo recuerdo, esta casa como un pastel de cumpleaños de esos de vitrina de las pastelerías del centro, con una crema espesa que no provoca untarse en la nariz. El jardín era de ella, ella me enseñaba a cuidar las flores y yo hacía lo que podía, habían miles de materas con cactus y "cebollas" que daban "hijitos" y todos los que venían se querían llevar más de uno. La casa con ella era diferente, no recuerdo si más alegre, pero era solo una casa, aunque a veces parecía una repostería, porque ella tenía sus semanas completas en que hacía rosquillas, panes, galletas, arequipe, merengón, postres de galletas y lulo, siempre había tanto para probar, y los dolores de estómago eran insoportablemente deliciosos.


La historia continúa, porque una casa no es sin quién la habita, y quién la habita, es en sí mismo, una casa.
En el jardín hay un árbol, un pino colombiano (muy patriota) que bota unas semillitas cada tanto, y los murciélagos hacen filas en el aire para comerlas. Pero como todo en la vida, si hay que comer, hay que cagar, y parece que ellos saben de esas cosas más que yo, vuelan raso para cagar las paredes de toda la casa, sobretodo las más visibles, y es hasta linda su caca, llena de semillitas que después se hacen maticas pegadas de la pared o del techo. Pero, color caca no combina con azul bebé, de ahí, después de un largo y arduo trabajo de convencimiento a mi papá, la casa se pinta de N a r a n j a , donde la caca se confunda y adorne. Casi como una casa que se pinta sola.



No hay comentarios:

Publicar un comentario